Pablo Munoz

Tradicionalmente la innovación se ha entendido como un valor en sí misma, y cada vez que nos enfrentamos a nuevos desafíos el llamado es a incrementar el ritmo de la innovación, invitando y estimulando al sector privado mediante incentivos e instrumentos de fomento.

Lamentablemente no todas las formas de innovación representan construcción de valor de largo plazo y la simple incorporación de prácticas no asegura una contribución al desarrollo económico, lo cual ha llevado a pensar acerca de la existencia de una gran cantidad de mecanismos contemporáneos de innovación, en sistemas y organizaciones humanas, que no logran resolver los problemas presentes sin comprometer la estabilidad de las generaciones futuras.

Producto de algunos proyectos complejos, en Chile se ha abierto una interesante discusión acerca de la sustentabilidad de las acciones que nos llevarán al desarrollo, entre ellos los asociados a la alimentación de nuestra matriz energética.

Las limitaciones de las tecnologías y los estudios de impacto disponibles restringen una visualización de largo plazo respecto de la huella que dejarán este tipo de proyectos; sin duda las decisiones que se tomen hoy afectarán de manera distinta cada año. Durante el 2009, la organización Patagonia sin Represas ha estado preocupada de la integridad ambiental del territorio en cuestión y, de concretarse el proyecto, es probable que para el 2020, además de la integridad ambiental, estemos discutiendo acerca de la eficiencia de represas que suponían una solución capaz de cubrir nuestras necesidades en el largo plazo.

Acá en Inglaterra, y en el resto de los países que comparten el Mar del Norte, la preocupación y la discusión ha avanzado hacia una nueva dimensión desde donde observar y trabajar la innovación. Ya no es un valor en sí misma, sino que será una contribución en la medida que los resultados que genera no comprometan la estabilidad sociocultural, económica y medioambiental de las próximas generaciones.

Y el tema no se detiene ahí, el centro de investigación en el cual me encuentro (KITE), y otros de la región, han avanzado al estudio de la sustentabilidad de los mismos sistemas de innovación. La razón es relativamente sencilla: el que hoy existan mecanismos de generación de soluciones innovadoras de bajo impacto no implica que estos mecanismos tendrán la misma capacidad resolutiva el día de mañana.

Esto último ha generado interrogantes en torno a la misma naturaleza de la innovación. Ésta se nutre y genera conocimiento, por tanto, si queremos avanzar al desarrollo, nuestra preocupación debiera estar en cómo hacer sostenible el aprendizaje y la creación de conocimiento al interior de las organizaciones y la sociedad en general.

La Sustainable Innovation Conference 2009 que se realiza en Farnham-UK este año, las Universidades de Delft y Maastrich en Holanda, la Universidad de Aalborg en Dinamarca y las Universidades de Newcastle y Manchester en Inglaterra son algunas de las instancias que están reuniendo a industria, academia y sector público a discutir acerca del “quadruple bottom line”; una última línea que va a reflejar no tanto los beneficios de la innovación, sino más bien los resultados de una ecuación que incorpora el impacto de esta última en la sociedad, la economía, el medioambiente y en los mismos mecanismos de innovación.

Publicado previamente en la revista Poder y Negocios