Pablo Munoz

Aprovechando la atención que ha generado la conferencia en Copenhagen, quiero abrir una arista interesante en la búsqueda de soluciones para el cambio climático. Mientras los asistentes a la cumbre climática discuten acerca de grandes lineamientos para reducir emisiones, una cantidad importante de comunidades han comenzado a empujar e implementar soluciones novedosas y de impacto concreto.

Si bien este fenómeno no es nuevo, el enfoque cambia cuando empieza a formar parte de iniciativas formales de reducción de emisiones con orientación a transformar ciudades en zonas neutrales. Es así como la Estrategia Nacional para el Clima y la Energía de UK ha incorporado deliberadamente la acción ciudadana como pieza clave para el cumplimiento de las ambiciosas metas de reducción; y no a través de campañas de conciencia sino financiando soluciones provenientes de la misma comunidad.

Recientemente lanzado, el ‘UK Low Carbon Transition Plan’ se ha expuesto como la respuesta más sistémica al cambio climático ofrecida por una economía desarrollada y, según fuentes locales, ha fijado un estándar de cara a las discusiones llevadas a cabo en Copenhagen hace algunas semanas.

En este contexto NESTA, la agencia nacional de innovación, ha lanzado por segundo año el Big Green Challenge, un concurso orientado a estimular y premiar con un millón de libras esterlinas las mejores respuestas de la comunidad al cambio climático. El 2008, 355 grupos participaron con ideas prácticas para la reducción de CO2 en sus propias comunidades, de esa lista, cien ideas se tranformaron en planes formales y diez proyectos fueron implementandos. En enero del 2010 se distribuirá el premio en función de la reducción efectiva alcanzada por cada comunidad durante el 2009.

En concreto diez comunidades trabajaron durante un año testeando ideas ortientadas a mejorar su calidad de vida. El resultado: impacto real y sostenible en reducción de emisiones y un portafolio de proyectos que, de ser exitosos, se pueden replicar a mayor escala.

La contribución de estas innovaciones bottom-up a la transición a la sustentabilidad es enorme dado que reduce emisiones de forma sostenida; las ideas, el conocimiento y los comportamientos provienen de la comunidad y se arraigan en sus rutinas, lo cual es clave para el éxito de cualquier iniciativa de estas características.

De los finalistas, quiero comentar dos proyectos que llamaron mi atención. El primero, Low Carbon West Oxford, se basa en la generación y venta de energía para el financiamiento de proyectos de reducción de emisiones. La energía es obtenida desde paneles solares instalados en negocios locales, turbinas de viento situados en colegios y micro sistemas de represas. Los recursos serán destinados a algunos de los 38 proyectos piloto que actualmente están siendo testeados por familias de West Oxford.

Y el segundo, Living Buildings en King Cross London, es un proyecto orientado la entrega de oportunidades (y espacios) para que jóvenes voluntarios desarrollen sus ideas en tres áreas específicas de solución: cultivo de alimentos, techos verdes biodiversos y micro-plantas de tratamiento de aguas. Lo interesante es que los espacios están delimitados a techos de oficinas, terrenos de colegios y otros espacios públicos de similar naturaleza en la zona de King Cross en Londres. Antes de poner sus ideas a trabajar, los jóvenes participantes son capacitados en cultivo orgánico, trabajo en equipo, temas medioambientales, compromiso comunitario y prácticas de reducción de emisiones; lo cual sin duda, incrementa las posibilidades de éxito y sustenabilidad de los proyectos desarrollados.

Una reflexión final, la comunidad no puede ser considerada y tratada como un actor pasivo, ni en el problema ambiental ni en otros que afectan nuestra vida. Sería interesante que los sectores público y privado reconsideraran el rol de estas innovaciones bottom-up y las comiencen a incoporar en sus planes formales de desarrollo.

Columna previamente publicada en Revista Poder y Negocios